30 de julio de 2015

Últimas noticias de Plutón

DESPUÉS de nueve años y medio de navegación espacial, la sonda New Horizons se ha acercado a 12.500 km de la superficie de Plutón y, desde esa distancia, ha descubierto algunas novedades que ha enviado y seguirá enviando a la Tierra. La más llamativa hasta ahora es la existencia de montañas heladas y de actividad geológica en su superficie.

Plutón fue descubierto por Clyde Tombaugh en 1930. El nombre se le ocurrió a una niña de Oxford llamada Venetia Burney, y pronto fue aceptado. El noveno planeta —pudo ser así la historia— debía tener, como los demás, un nombre de la mitología clásica. Hades significa 'invisible', y Plutón, allá en los confines del sistema solar, era muy difícil de distinguir, casi invisible. Además, las iniciales PL coincidían con las de Percival Lowell, astrónomo y matemático que había postulado la existencia de un planeta X más allá de Neptuno. 

Recreación artística, imaginaria, de Plutón (Ron Miller)

En 2006 Plutón perdió la categoría de planeta, para ser reclasificado como "planeta enano" (es, en efecto, más pequeño que la Luna). 

Tiene cinco satélites, también con nombres de la mitología clásica: Caronte (el principal de ellos, descubierto en 1978), Nix, Hidra (descubiertos ambos en 2005), Cerbero y Estigia (en 2011 y 2012).


Veamos brevemente quiénes eran cada uno de estos personajes.

Hades era el dios del infierno, región subterránea que le tocó en suerte en el reparto del mundo que hubo entre él y sus hermanos Zeus y Posidón. Tenía un aspecto repelente: triste y pálido, pues en el inframundo no le llegaban los rayos del sol. Solamente abandonó su morada una vez para raptar a su sobrina Perséfone. Se le nombraba con el eufemismo de Plutón, 'el Rico' (de donde plutocracia 'gobierno de los ricos'), porque se entiende que las entrañas de la tierra son fuente de riquezas. En su reino albergaba a los muertos.

El dios también da nombre al lugar. Al Hades llegaban las almas de los difuntos, conducidas por Hermes. Allí les aguardaba Caronte, el barquero viejo, feo y de barba hirsuta y gris, que las transportaba en su barca (sin remar, usando una pértiga) a través de la laguna Estigia hasta el interior del infierno. Caronte sólo admitía aquellos muertos que habían sido sepultados o incinerados, y cobraba por la travesía un óbolo, que los fallecidos llevaban debajo de la lengua. La Estigia o Estige era una laguna o río femenino cuyas aguas tenían propiedades mágicas: en ella bañó Tetis a Aquiles con la intención de que fuera invulnerable.

J. Patinir: El paso de la laguna Estigia (1520). Madrid, Museo del Prado

El Can Cerbero (o Cérbero) era el perro guardián del Hades (cancerbero se utiliza como sinónimo de 'guardameta'). Tenía tres cabezas (o bien cincuenta), cola de serpiente y a veces garras de león, y no permitía a nadie salir del infierno. Sólo Orfeo fue capaz de amansarlo con su música. Hércules acabó con él en el que fue su duodécimo trabajo. 

Nix, hija del Caos y hermana del Érebo (las tinieblas), personificaba la Noche. La Hidra era una serpiente acuática de múltiples cabezas que vivía en Lerna; como Cerbero, descendía de Equidna y Tifón.

6 de julio de 2015

El turista cultural

YA hace décadas que el viajero ha sido sustituido por el turista y el viaje por el turismo de masas. Las riadas de turistas invaden hasta el último rincón del planeta, se asoman a la tribu más recóndita de África o del Amazonas y van provistos de teléfonos móviles. No hay ya lugares por descubrir en el mundo, hasta el punto de que para los próximos años se están ya queriendo programar excursiones turísticas a Marte. Alguno será el primero en pisar el planeta rojo y detrás de él vendrán todos los demás. La maldición de una playa desierta, siempre se ha dicho, es que la descubra un reportero de un diario de tirada nacional y muestre su foto en el suplemento dominical de viajes: la playa dejará de ser desierta cuando antes sólo por unos pocos era conocida.

Lo mismo ocurre con el turismo cultural. Las Pirámides, la Acrópolis o el Coliseo son asediados por las masas de turistas durante el período vacacional, y casi, en realidad, durante cualquier época del año. En los museos, las muchedumbres se agolpan ante la Monna Lisa y el David o bajo los techos de la capilla Sixtina después de largas colas. Todo ello básicamente para hacerse un selfie y nada más; para poder decir al llegar de vuelta a casa, «yo estuve allí».

Cuando en los libros de texto veíamos una añosa fotografía del Partenón, no imaginábamos que aquel templo estaba ubicado en un lugar real y que, andando el tiempo, para visitarlo, nos veríamos en la tesitura de madrugar si queríamos evitar las colas y el infernal calor del mediodía. Resultó que había que ascender un sendero que conduciría previamente a una taquilla donde pagar un tique de entrada. Y resultó luego que nos veríamos rodeados de infinidad de grupos turísticos prestos a hacer y hacerse fotos por doquier. Esto sigue siendo hoy más o menos igual, incluso peor, que entonces.


Podríamos decir, parafraseando al filósofo Ortega y Gasset, que hoy día la cultura está llena de turistas; que los grandes museos están llenos de turistas; que Grecia y Roma están llenas de turistas. Pero, por otro lado, a pesar de toda esta desgracia, también es justo reconocer que el turista cultural tiene en su vida una cita ineludible con Grecia y con Roma, los lugares esenciales de donde proviene nuestra civilización occidental. 

El periodista, escritor y viajero Javier Reverte (Madrid, 1944) se confiesa turista en su último libro sobre Roma titulado Un otoño romano (2014), obra menor en comparación con Corazón de Ulises (1999), que comentaremos en otra entrada de este blog. Y como turista ha vuelto a visitar por enésima vez los lugares más emblemáticos de la Roma clásica y renacentista, los museos más frecuentados y los menos, aprovechando una estancia de tres meses de becario especial en la Ciudad Eterna, con el fin de escribir este Otoño romano.

Estructurado en forma de diario, el libro aprovecha oportunamente textos y frases de famosos escritores que visitaron Roma en el pasado, como Goethe o Stendhal. Cada monumento, cada obra artística, cada personaje van seguidos de una extensa (y tediosa) digresión cultural, histórica o biográfica, según se trate. De este modo, como en la ciudad misma, conviven en el libro el presente y el pasado, la experiencia personal (de restaurantes, transportes o gastronomía) y el apunte cultural procedente del estudio de manuales y de guías (eso sí, convenientemente personalizado por el autor).

En relación con el pasado (o cultura clásica), Reverte dedica amplio espacio a episodios de la historia de Roma; a César, Cicerón —al que en un momento dado llama «tocapelotas»— y los emperadores Augusto y Adriano. Entre los poetas, son convocados a sus páginas Virgilio y Ovidio; este último, traído por los pelos, por el simple hecho de ver el escritor pasar delante de sus ojos a unas jóvenes romanas (si es que eran romanas y no rumanas) que le hacen pensar en el arte de amar.

Fuera de Roma, Reverte da cuenta de un par de excursiones: a los Castelli Romani y a Tívoli. Y de dos escapadas a Venecia y Pisa para impartir la misma conferencia sobre literatura viajera. «Hablé mucho de Ulises, de los trágicos griegos y de los poetas romanos», declara (p. 259). Con los clásicos, éxito garantizado.

Una bibliografía y un índice onomástico cierran el libro, que además está provisto de un cuadernillo central con fotografías alusivas al texto.


Javier Reverte, Un otoño romano, Barcelona: Plaza & Janés, 2014.