18 de diciembre de 2012

El 'Ave Maria' de Schubert

ESTE célebre tema musical tiene su origen en Walter Scott (1771-1832), escritor escocés considerado el pionero de la novela histórica contemporánea, que es el género literario actualmente en boga más cercano al bostezo. Scott escribió novelas históricas románticas como Ivanhoe, Quintin Durward o Rob Roy, y también poemas narrativos, entre ellos The Lady of the Lake (1810). El tercer canto de este largo poema contiene una plegaria que la heroína, Ellen Douglas (la Dama del Lago), dirige a la virgen María.


Llegamos a quien nos interesa, Franz Schubert. En 1825 compuso un ciclo de siete lieder (canciones) a partir de la traducción alemana del poema de Scott realizada libremente por Philip Adam Storck en 1819. Con este trabajo, el compositor alemán esperaba ganar fama en Inglaterra. Cada estrofa de la sexta canción del ciclo —la tercera en boca de la muchacha Ellen (de ahí el título originario, Ellens dritter Gesang)— comienza y termina con la fórmula Ave Maria, que proviene del Evangelio (según traducción latina). Son las palabras con las que el arcángel Gabriel (Lc I, 28), y también Isabel (Lc I, 42), saludan a María anunciándole su futura condición de madre de Dios. 

Con el tiempo, el texto latino bíblico incorporado a la liturgia cristiana en el siglo XVI se ha impuesto a los versos de Scott/Adam Storck; y así es como en nuestros días se escucha cristianizado el lied pagano de Schubert, en ceremonias nupciales, en Navidad entre los villancicos, en cualquier momento «sublime» de la vida. 

Aquel verano de 1825, Schubert y el barítono Johann Michael Vogl interpretaron con gran éxito ante sus amigos la Tercera canción de Ellen. No obstante, si quisiéramos atenernos a la originaria voz femenina de la estrofa de Scott, deberíamos pensar mejor en una voz de mujer para ella. La más cálida, melancólica y nostálgica de todas hoy en día es tal vez la de la soprano estadounidense Renée Fleming:



No sé ya si la fiesta de la Anunciación se celebra o se ha celebrado alguna vez el 18 de diciembre. Sí, en cambio, que Renée Fleming nos visitó en España y cantó el Ave Maria de Schubert en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid hoy hace justamente un año.

The New Grove Dictionary of Music and Musicians (1980), vol. 16, p. 765.

6 de diciembre de 2012

Humanistas para empresas 'high-tech'


A más de uno le sorprenderá y le parecerá increible. Google necesita y contratará a más de 4.000 titulados en Humanidades en los próximos años. En estos términos se expresaba Marissa Mayer (n. 1975), ingeniera, diseñadora, jefa de productos, ejecutiva..., vicepresidenta de Productos de Búsqueda y Experiencia de Usuario de Google en el momento de la noticia y, desde julio de 2012, flamante presidenta y CEO (consejero delegado) de Yahoo!

La carrera profesional de Mayer es tan espectacular como trascendental ha sido su trabajo en Google, aunque éste puede pasar inadvertido a muchos de los usuarios del buscador. Mayer ha supervisado casi todos los productos de comunicación del gigante tecnológico, incluída la homepage en la que el logotipo de la compañía aparece adornado en las grandes ocasiones con un garabato cultural (un doodle), o bien se alarga reflejando el proceso de búsqueda y la acumulación de páginas. Ambos detalles tienen más importancia de la que se pueda pensar a simple vista: combinando tecnología con humanismo, humanizan y hacen más amable la relación entre el programa y el usuario.

Marissa Mayer se diplomó en Ciencias y Artes (éstas, Artes Liberales; o sea, Humanidades y Ciencias Sociales) en la Universidad de Stanford (California), y se graduó en Sistemas Simbólicos teniendo asignaturas de Lingüística, Filosofía, Psicología, Comunicación, Educación; también de Programación Informática. 

Para Mayer, a la hora de crear una interfaz, que es de hecho un medio de comunicación, los humanistas —llamemos así a los titulados en Humanidades— aportan la observación y el conocimiento de las personas mejor que los matemáticos y los tecnólogos, por no decir la cultura que implica algo tan aparentemente sencillo como idear un doodle.


22 de noviembre de 2012

Los cuervos de Esopo


POR las fábulas de Esopo desfilan leones temibles, zorras astutas, burros engreídos, lobos hambrientos y voraces, y unos pocos cuervos, pero no muy inteligentes. Uno de ellos, por vanidad, deja caer del pico un trozo de carne (o de queso) que recoge la zorra. Otro es mordido por una serpiente al haberse atrevido a lanzarse contra ella. Otro, en fin, tuerto, es objeto de burla al no haber sido capaz de vaticinar su propia desgracia, siendo así que en la Antigüedad el cuervo era el ave de los (malos) augurios.

Una cosa son las «fábulas de Esopo» y otra las «fábulas esópicas». Y entre estas, que ya abarcan a todas, pueden aparecer algunos cuervos inteligentes, como ocurre en la fábula de El cuervo y la jarra, en la que un cuervo echa piedrecitas en una jarra para poder —poniendo en práctica el principio de Arquímedes alcanzar el agua y saciar la sed. (La moraleja que encierra es: «el hambre aguza el ingenio»). 

La inteligencia de los cuervos, corroborando la fábula esópica, fue probada por los científicos hace ya tiempo, y lo que últimamente se ha dado a conocer se refiere, con el mismo experimento, a niños de hasta siete años cuya inteligencia se ha equiparado a la de los cuervos (y, en consecuencia, la de los cuervos a la de niños de hasta siete años). El caso es que los periodistas, alucinados por el cuervo inteligente del viejo Esopo, han preferido rescatar la antigua noticia en detrimento de la nueva. 

8 de noviembre de 2012

Mitos, leyendas, famosos y celebridades

UNA exposición fotográfica (Fundación Canal Isabel II, Madrid, 25 octubre 2012-31 enero 2013) lleva el título Mitografías. Mitos en la intimidad. Se trata de 240 fotografías de la vida de diez personajes claves en el siglo XX en distintos campos: Picasso y Dalí (arte); Churchill y Gandhi (política); Einstein y Marie Curie (ciencia); Cela y Hemingway (literatura); María Callas y Chaplin (espectáculo).

Pero estos diez personajes, ¿son en verdad mitos? —Sí. 

El diccionario de la RAE define mito en su tercera acepción como 'persona o cosa rodeada de extraordinaria estima'. Yo a persona o cosa añadiría del pasado, al que pertenecen esos diez nombres, pues, por ejemplo, Antonio López, Plácido Domingo o Vargas Llosa, vivos aún, no creo que sean mitos o su sinónimo leyenda (salvo mitos «vivientes» o leyendas «vivas»), sino famosos o celebridades. El mito se inscribe más en el pasado y la celebridad en el presente, o eso parece.

María Callas. Mito y también (en su tiempo) celebridad

El término mitografía significa 'ciencia que trata del origen y explicación de los mitos'. Pero, para titular la exposición fotográfica, lo han convertido en un original neologismo que reúne mito (en su acepción tercera) y fotografía. Mitografías: fotografías de los mitos.

24 de octubre de 2012

Calendario mitológico erótico

LOS griegos practicaron la exhibición del cuerpo desnudo y la convirtieron en arte en multitud de esculturas de dioses, héroes y muchachos de proporciones perfectas. En Grecia, primero fue representado el cuerpo masculino, ya en el siglo VII a. C. Siglos más tarde el femenino, más restringido. La primera estatua femenina desnuda fue la de la diosa Afrodita, la Afrodita o Venus de Cnido, de Praxíteles (siglo IV a. C.). Causó conmoción en su época, hasta el punto de que, según escribe Plinio (Naturalis historia XXXVI 4), hubo incluso quien se enamoró de ella. Enamorarse de una estatua es un vicio que se llama agalmatofilia. Ignoro si es frecuente. 

Atenea
Karl Lagerfeld desnudó a sus modelos de carne y hueso para realizar el Calendario Pirelli 2011. Contó que leyó la Ilíada de Homero a los seis años y que esta obra le inspiró para su serie de 35 fotografías en b&n de personajes mitológicos, titulada Mythology, «homenaje al amor por la juventud, el culto al cuerpo, la aceptación del deseo sin castigo y la ética de la belleza». A diferencia de lo que ocurría en la Grecia clásica, Lagerfeld quiso ser provocativo poniendo modelos masculinos desnudos en su calendario. La contemplación moral y estética de la desnudez ha cambiado de aquellos lejanos tiempos a nuestros días. 

Si el creativo alemán desnudó a sus modelos, igualándolos a las estatuas clásicas, los franceses Alex Persani (diseñador) y Leo Caillard (fotógrafo) han hecho justo lo contrario: poner ropa street style a algunas de las estatuas del Museo del Louvre que parecían pasar el tiempo aburridas siempre con la misma indumentaria (es decir, ninguna). Aquí, la provocación está en poner gafas de sol y pantalones vaqueros a, por ejemplo, Aristeo, el dios campesino que en su musculosa desnudez jamás pudo imaginar ir vestido tan moderno.
Baco y dos ménades

Carmen Sánchez, Arte y erotismo en el mundo clásico, Madrid: Siruela, 2005, cap. 1, pp. 19-37.

4 de octubre de 2012

A vueltas con Teseo

QUIEN conozca el mito de Teseo se habrá dado cuenta de que está en el punto de partida de la película Los juegos del hambre, basada en la novela homónima de Suzanne Collins. La autora misma de la novela ha confesado que así es.


Atenas, bajo el dominio de la poderosa Creta, estaba obligada a entregar anualmente un tributo al rey Minos. Siete parejas de jóvenes debían ser sacrificadas al Minotauro, el monstruo mitad hombre mitad toro que se hallaba encerrado en el centro del Laberinto.

Este es el argumento mitológico subyacente con el que comienza y en el que se fundamenta la película. Teseo, el gran héroe ateniense, se ofreció voluntario al margen del sorteo (y las analogías con la película acaban justo aquí, pues el resto del mito ya no interesa) para viajar a Creta acompañando a los jóvenes víctimas del año y terminar con ese impuesto inhumano. Teseo entró en el Laberinto, mató al Minotauro y salió gracias al ovillo que le proporcionó Ariadna, una de las hijas de Minos que se había enamorado del príncipe extranjero.


El mito de Teseo, este episodio parcial en concreto, ¿es una excusa para crear lo que los avispados llaman una «distopía juvenil del futuro»? ¿O más bien forma parte, o debería hacerlo si no, de la semilla inmortal de que son portadores la mayoría de los mitos clásicos, esto es, su capacidad de generar argumentos universales de los que se va alimentando el cine?

En Immortals, Teseo es ya sólo el nombre «comercial» que le han puesto al campesino que, convertido en héroe, debe acabar con las ansias de poder destructivas del rey de Creta, que no es Minos sino... ¡Hiperión! (del mismo modo arbitrario que ha permitido llamar Theseus Pro a las zapatillas de Usain Bolt). La mitología, por tanto, es aquí una excusa para, utilizando sin sentido, y trastrocándolos, nombres y personajes de los mitos griegos, contar una historia carente de verdad mitológica y quedarse en un simple bodrio argumental. Sin duda, en esta película a los guionistas se les fue la olla.

Immortals (2011)  

Suzanne Collins, Los juegos del hambre, Barcelona: Molino, 2009. Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012).
Immortals (Tarsem Singh, 2011).

8 de septiembre de 2012

'Prometheus' / Prometeo

EL título de la película de Ridley Scott, Prometheus (2012), es el nombre de la nave espacial cuyos tripulantes principales —los arqueólogos Elizabeth Shay (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green), y alguno más que no se puede desvelar—, tienen como objetivo ir a un lejano planeta al encuentro de los creadores de los hombres (los llamados «Ingenieros»). Y Prometeo, de quien en consonancia recibe el nombre la nave, es el titán que creó a la raza humana según una versión mitológica en origen poco importante, pero con gran fortuna a partir del romanticismo inglés. 


Este es el tema central de la película, una antropogonía (¿quién creó a los hombres?, ¿cómo nacieron?), a partir de un mito clásico que se menciona en la película sin más profundidad. 

Hay que decir que en la mitología griega Prometeo es el titán filantrópico («que ama a los hombres») que se rebela contra los dioses, los desafía, los engaña, les roba el fuego para beneficiar a su querida raza humana y, por ello, es castigado a que un águila le devore el hígado constantemente y constantemente se le regenere.



Ningún autor antiguo de los que personalizaron el mito (Hesíodo, Esquilo, Platón) habla de que Prometeo creara a los hombres; pero sí hay una tradición en este sentido, también antigua, popular y más o menos bien establecida. Los románticos europeos, especialmente los ingleses, abanderados por los poetas Lord Byron y Percy W. Shelley, sintieron gran simpatía por Prometeo, pues para ellos representaba el símbolo de la rebeldía. 

En este ambiente romántico, Mary Shelley, la segunda esposa de Shelley, escribió una novela gótica, Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), que hoy es considerada la primera novela del género de ciencia-ficción. El doctor Victor Frankenstein, como hiciera Prometeo en esa versión secundaria del mito, intenta crear vida humana, pero en su caso con consecuencias terroríficas. 

En la película de Ridley Scott, son los Ingenieros los creadores de los hombres, y también con fatales consecuencias…

2 de septiembre de 2012

La restauración de un 'ecce homo'

ESTE verano nos ha dejado dos acontecimientos «culturales» novelescos, cuya difusión por los medios de comunicación ha permitido poner en boca de las gentes dos títulos en latín. Me refiero, claro está, a la feliz recuperación del Codex Calixtinus y a la desgraciada restauración pictórica del Ecce homo de Borja (Zaragoza). 

Ecce homo ('He aquí el hombre', 'Ahí tenéis al hombre') es un latinismo que procede de la traducción latina (la Vulgata de San Jerónimo, del siglo IV) del pasaje del evangelio de San Juan (Jn 19, 5) en el que Poncio Pilato presenta ante el pueblo a Jesucristo, después de flagelado, con una corona de espinas y un manto de color púrpura. El arte, a partir del siglo XV, ha representado en pintura y escultura esta imagen religiosa maltrecha, que ha dado lugar a la expresión 'ecce homo' para describir la apariencia física desastrosa y magullada de una persona: «estar hecho un eccehomo», igual que «estar hecho un cristo».


El Codex Calixtinus fue robado de la catedral de Santiago de Compostela y, ya recuperado, se habrá podido ver que no era una obra cualquiera, sino un manuscrito iluminado (ilustrado) del siglo XII, de grandísimo valor cultural, artístico, literario, lingüistico y, por supuesto, bibliográfico. La parte de este códice más difundida es el libro V, un itinerario (o, como diría un periodista inspiradamente, una «guía turística», la primera de todas) del Camino de Santiago. 'Calixtino' se llama por serle atribuida su composición al papa Calixto II.

Ambos términos han rebasado de forma natural el ámbito de los especialistas (arte y literatura, respectivamente) para ser de dominio público y de conocimiento general —y si no ha sido así, es una lástima— por parte de cultos y profanos. 

Me abstengo de comentar las posibilidades jocosas que tienen los pormenores de ambos sucesos.

10 de agosto de 2012

Lluvia de Perseidas

EL cielo está habitado por mitos. Mitos clásicos la mayoría de ellos. La astronomía y la astrología, su pariente pseudocientífica, han recurrido desde la noche de los tiempos a nombres de personajes de la mitología clásica. Planetas, satélites, constelaciones, signos del zodiaco llevan el nombre de dioses, héroes y otros seres fantásticos.

Entre julio y agosto (en agosto, especialmente los días 10, 11 y 12) se puede observar en el cielo la caída de las famosas Perseidas, una «lluvia de estrellas» procedente de la constelación de Perseo.


Perseo era hijo de Zeus y de la princesa de Argos Dánae. Para seducir a ésta, Zeus se transformó en lluvia de oro, medio por el cual pudo penetrar en la cámara de bronce donde había sido encerrada por su padre Acrisio con el fin de que ningún descendiente suyo pudiera destronarlo.

Con la ayuda de un espejo y una cimitarra que le dieron Atenea y Hermes, Perseo decapitó a la gorgona Medusa, que convertía en piedra todo aquello que miraba. Con ella petrificó al titán Atlas, convertido en la cordillera que lleva su nombre en el NO de África. Luego Perseo llegó a Etiopía, donde liberó a la princesa Andrómeda, que, encadenada a una roca, debía ser el alimento de un monstruo marino enviado por Posidón para castigar a la madre de la doncella, Casiopea, que se había jactado de ser más hermosa que las Nereidas. Perseo derrotó al monstruo y se casó con Andrómeda. 


En el hemisferio norte, vecinas de la constelación de Perseo están la de Casiopea (que forma una W) y la de Andrómeda; también Cefeo (esposo de Casiopea) y Pegaso (el caballo alado que nació de la sangre de Medusa). La estrella más conocida de Perseo es Algol, donde los astrónomos localizan el foco de meteoritos que a simple vista pueden verse desplazarse en el cielo con asombrosa rapidez.


Las Perseidas reciben también el nombre de «lágrimas de San Lorenzo»; pero esa, también, es otra historia.

3 de agosto de 2012

'Citius, altius, fortius'

EN los Juegos Olímpicos antiguos, dado el gran prestigio del que disfrutaba el vencedor, también se daban casos de corrupción deportiva (sobornos a los jueces, a otros atletas; vulneración de las reglas). La decadencia y corrupción de los Juegos se acentuó cuando Grecia fue invadida por otros pueblos. Bajo dominación romana llegó al colmo: cuenta Suetonio (Nero XXIV) que el emperador Nerón participó en una carrera de carros en la que salió despedido del carro, fue repuesto en él y, no pudiendo seguir, abandonó; pero aun así fue coronado igualmente. 

En 393, once siglos y medio después de sus comienzos, el emperador bizantino Teodosio, que había adoptado el cristianismo como religión oficial del Estado, abolió los Juegos en tanto fiesta pagana que eran. 

Otro enorme salto en el tiempo. Mil quinientos años después, en 1896, el francés Pierre de Coubertain sacó adelante el proyecto de restablecer los antiguos juegos con el mismo espíritu primitivo y normas nuevas. A nivel simbólico, irían surgiendo la llama, los anillos, el himno y el lema olímpicos. Este último, pienso, ni en francés, ni en griego, ni en inglés, sino en latín, libre de disputas lingüísticas nacionales: Citius, altius, fortius ('Más rápido, más alto, más fuerte'), ideal para ser inscrito al menos en el reverso de las medallas olímpicas.



1 de agosto de 2012

Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad

SEAMOS oportunistas y recordemos a la masa insciente o esquiva de la cultura clásica que los Juegos Olímpicos nacieron en la Antigua Grecia en 776 a. C. Se celebraban cada cuatro años (período de tiempo denominado 'olimpiada') en pleno verano, en Olimpia, ciudad de la Élide, región situada al NO del Peloponeso, y en otros lugares de la geografía griega. 

Tenían carácter panhelénico (es decir, participaban todos los Estados de Grecia) y un trasfondo religioso. En Olimpia había un santuario con templos dedicados a Zeus y Hera, gimnasio, palestra, estadio (que recibe el nombre de la prueba que en él se celebraba) y otros edificios, cuyos restos se visitan hoy día en el recinto arqueológico de Olimpia. A Olimpia peregrinaban los representantes de todas las ciudades griegas amparados por una tregua sagrada, y llevaban tesoros a los dioses. Los Juegos no eran sólo atléticos, sino también poéticos y musicales. 

En principio sólo se corría el stadion (carrera de 192 metros: velocidad). Con el tiempo se incorporaron el diaulos (2 estadios: media distancia), el dolichos (24 estadios: larga distancia) y el pentathlon (cinco pruebas eliminatorias: estadio, salto de longitud, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha). Disciplinas de combate fueron la lucha, convertida en disciplina independiente, el pugilato (boxeo) y el pancracio (suma de las dos anteriores y, por lo tanto, la más brutal). También se practicaron carreras con armas y carreras de cuadrigas y de caballos. El certamen pasó a durar cinco días en lugar de uno.


Participaban en los Juegos los hombres libres, ninguna mujer; aficionados, no profesionales; desnudos. Un jurado vigilaba y castigaba severamente las infracciones. No pensaban en batir récords; sólo en vencer, imbuidos por el espíritu competitivo que se llama agonal, esencial de la mentalidad griega, que les llevaba a luchar en todas las facetas de la vida: en concursos de teatro, en los tribunales de justicia, en la guerra.

Los vencedores recibían como premio una corona de olivo (o de laurel, o de apio, según el lugar), un banquete, una estatua, lujos y honores de por vida. Pero, sobre todo, la gloria de ser ensalzados por poetas como Píndaro (siglos VI/V a. C.), que engrandeció en sus epinicios (odas triunfales) a muchos campeones. La victoria carecía de valor si no la cantaba un poeta. La poesía, mucho más que la escultura, otorgaba la inmortalidad al vencedor (Nemea V 1-6):
<< No soy escultor como para modelar estatuas que se alcen en su pedestal para quedar inmóviles. ¡Ponte pues en camino a bordo de un mercante cualquiera o en un barco de vela, dulce canto, desde Egina, para proclamar que el hijo de Lampón, el prepotente Piteas, ganó la corona del pancracio en los juegos de Nemea, cuando no se mostraba aún en su barbilla esa sazón que cría la tierna pelusa de la uva! >> 

30 de junio de 2012

El famoso helado Magnum

ESTE es el helado más famoso del mercado (no sólo español, sino incluso mundial), que fue bautizado cuando nació, allá por 1989, con el nombre de Magnum. Cualquier principiante de Latín sabe que magnum es el Nom. sing. n. del adjetivo magnus, -a, -um 'grande'.

El creativo publicitario al que se le ocurrió este nombre pudo pensar conectando el término latino con el producto: es universal y es prestigioso dos cualidades innegables que comporta el latín en general, y, en particular, en los nombres de empresas y productos—. Por comparación con el inglés, puede resultar también exótico y eufónico.

Los nombres —muy reconocibles— y sufijos grecolatinos (como el extendido y degradado -alia: bellezalia, tartalia...) están presentes en la actualidad en multitud de empresas y marcas publicitarias. Tanto es así, que hay blogs monográficos sobre el tema, que no acaban de agotar el filón porque cada poco tiempo salen al mercado nuevos productos, ya sea en nombre o en concepto, inspirados en el mundo clásico.

Y ahora me voy al quiosco a embaularme un Magnum. ¡A vuestra salud!

3 de junio de 2012

Demasiado fea para la televisión

HE empezado a leer el libro El triunfo romano. Una historia de Roma a través de la celebración de sus victorias, de Mary Beard. Del libro sólo puedo decir hasta ahora que es extraordinario, y de Mary Beard, que es una presentadora de documentales de civilización romana de la BBC que se ha hecho famosa por... lo fea que es.

A Mary no la quieren ver en la pequeña pantalla porque es fea, vieja y sale despelujada. O por lo menos no la quieren en prime time. Da igual sus importantes libros sobre la civilización romana, su feminismo militante, sus opiniones subersivas, ni que haya "triunfado" con su programa Meet the Romans con dos millones de seguidores. Para estos, la fealdad de Mary debe de ser tan fascinante como la propia cultura clásica que divulga.



Los directivos piden presentadoras jóvenes y guapas, no tienen por qué ser inteligentes, como Sara Carbonero (¡esas bellezas insoportables por vanidosas y frívolas!), a quien la veterana Rosa María Calaf ha leído la cartilla por el flaco favor que está haciendo a la profesión periodística. 

Mary, ¿para cuándo tu presencia fea e inteligente en las pequeñas pantallas españolas?

21 de mayo de 2012

Cultura clásica mediterránea

EN el escritor Manuel Vicent la valoración de la cultura clásica no es un hecho ocasional, sino que está presente en sus obras como consecuencia de su propia forma de entender la vida, que, siendo nacido en Castellón, tiene que ver con sus raíces mediterráneas.

Cultura clásica mediterránea es un evidente pleonasmo.

Muchas columnas periodísticas de Vicent (algunas recogidas en el volumen Las horas paganas) contienen referencias a los personajes más significativos del mundo antiguo. La mayoría de las veces son un inevitable punto de comparación, por contraste, con el mundo moderno. Los filósofos griegos, los poetas latinos... aparecen en sus columnas con el mayor de los prestigios. La estima por ellos es total, literaria y culturalmente, o al menos simbólicamente.

Los acontecimientos actuales del presente hacen pensar a Vicent en los clásicos de la Antigüedad. El probador de las tiendas de ropa es la nueva caverna de Platón. Los cuerpos de los atletas de unas olimpiadas modernas se comparan con las estatuas que esculpieron los antiguos griegos. El descubrimiento de unas bacterias corrobora la existencia de los átomos que ya cantó el poeta Lucrecio en el siglo I a. de C. en su obra De rerum natura.

Lucrecio, por lo demás, fue un poeta filosófico que divulgó el epicureísmo, y el epicureísmo vital, el del goce sencillo de los sentidos, es parte esencial de las columnas de 350 palabras de Manuel Vicent. El siguiente texto reactualiza el tópico horaciano (epicúreo) del carpe diem de forma subversiva y escapista.

DESAFÍO
Vamos a estar tanto tiempo muertos que no hay por qué precipitarse. Brindemos, pues, ahora. Tendremos toda la eternidad para soñar que la muerte ha convertido cualquier ambición en polvo de cangrejos. Durante este largo sueño oiremos en el fondo del mar indefinidamente la nana que nos cantaba nuestra madre, e incluso remando allí abajo en la barca de Caronte perderemos la tripa sin necesidad de seguir el régimen de las zanahorias, pero mientras la muerte no llega, al menos que el desdén nos mantenga vivos e ilesos. Ahora los políticos no cesan de recordar que estamos muy cerca del abismo. Una forma de resistencia civil consiste en bailar el tango al borde de ese acantilado que ellos nos deparan. Empieza a ser de mal gusto hablar de crisis en ciertos círculos refinados. Tampoco los rebeldes comentan ya las moscas de Somalia ni las bombas de Sarajevo, aun en el caso en que éstas transforman de repente una panadería en una carnicería. Cada uno tiene su propio refugio dentro de la insolidaridad general. Unos necesitan la ira para sobrevivir; a otros sólo les basta el miedo. Los más sabios han buscado cobijo en el pequeño placer de cada día, cuyo techo está acorazado contra los agoreros que bombardean nuestra existencia con próximas calamidades. Habiendo quedado claro hasta qué profundidad puede llegar la miseria humana, algunos espíritus muy avanzados creen que, encontrando en el interior de uno mismo un poco de dignidad o de belleza, toda la humanidad se regenera, del mismo modo que si uno se siente vivo, toda la vida se salva. Ya no hay infierno. Ahora sólo existe la crisis. Y ésta también tiene sus profetas, que la usan para amedrentarnos. Por todas partes suenan los clamores de nuevas pestes y de inmediatas catástrofes económicas. Las imágenes de hambre y fuego y el horror que ellas sustentan sirven de cobertura a nuestros políticos para que les agradezcamos las dos raspas de sardinas que nos aguardan. Un modo de evadirse de la realidad consiste en seguir viviendo.   
                                         
                                              Manuel  VICENT, El País, 13-09-1992
                                              Las horas paganas (1998), pp. 205-206                                                   

El estilo de Vicent es inconfundible, como el de pocos estilistas de la prensa de papel (Umbral, Millás). No necesita firma para ser reconocido. Típico suyo son las frases breves y solemnes y el contraste irónico de conceptos. No he visto mejor expresada la dualidad del mundo romano (civilización y crueldad) que en estas palabras suyas metafóricas que extraigo de la columna Positivo:
<< Todos los grandes poemas de la antigüedad aún están chorreando sangre. Sin duda, Virgilio y Horacio tenían una extraordinaria sensibilidad. No obstante, podían pasear sin inmutarse por la Vía Apia, llena de reos crucificados, departiendo sobre los recentales. También ellos mismos eran capaces de azotar a cualquier esclavo rebelde hasta desollarlo y a continuación enhebrar el verso más sublime. >>
The Siesta. Escena pompeyana (detalle), Lawrence Alma-Tadema, 1868 (Museo del Prado)

7 de mayo de 2012

El latín y la Botánica

EL periodista tituló con evidente desapego: El latín, ni para la botánica. Con esta frase tan antipática expresó (a lo mejor ni quiso hacerlo) que el latín ya no sirve para nada, ni siquiera para describir las especies botánicas como hasta este momento ha sido. Podía haber titulado, cierto que con menos concisión: «El latín, destronado en la descripción botánica», o «El inglés se homologa al latín en la descripción botánica», o similar; pero eligió la vía peyorativa y no fue del todo justo con la noticia y con el latín.

La cuestión es que, al investigador que hasta ahora descubría una nueva especie botánica, la tradición le obligaba a hacer una breve descripción de la especie en latín (llamada diagnosis) para facilitar la identificación por la comunidad científica internacional. A partir de ahora, ya no va a ser obligatorio utilizar el latín, pues la mayoría de los científicos, no digamos los denominados «no occidentales», carecen de conocimientos de latín para redactar unas frasecillas que no tienen por qué ser más ambiciosas que las que en estilo 'tuit' ya escribió Linneo en su Species plantarum de 1753.



Linneo (Carl von Linné o, con su nombre académico, Carolus Linnaeus) fue un naturalista sueco del siglo XVIII, considerado el padre de la botánica y el primer clasificador sistemático de las plantas y los animales. A él se debe la primera taxonomía (clasificación) de las plantas escrita en latín, que todavía está vigente. Consiste en un binomio que nombra el genus y la especies de la planta; el botánico sabe por su nombre latino linneano que la margarita española o la daisy anglosajona es la misma flor, la Bellis perennis L. 


El latín no es sustituido ni erradicado, sino que permanece como optativo en la descripción de las nuevas plantas que se descubran. A muchos científicos les puede o les debería interesar estudiar latín; entre ellos, a los botánicos. 

23 de abril de 2012

'Quid pro quo'

EN El silencio de los corderos, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) utiliza un latinismo: quid pro quo ('algo a cambio de algo'). Quiere intercambiar información de interés psiquiátrico y morboso con la agente del FBI Clarice Starling (Jodie Foster).



El novelista Thomas Harris parece hacer descender de los Visconti de Milán al psiquiatra caníbal. En la secuela Hannibal encontramos al huído Lecter en Florencia, la ciudad del arte, donde aspira a ser conservador y bibliotecario del Palazzo Capponi por méritos propios (es especialista en Dante y posee «una extraordinaria competencia lingüística, al traducir sin titubeos el latín y el italiano medieval de manuscritos redactados con la letra gótica más enrevesada»). A Lecter, ahora distinguido erudito, lo descubre el inspector Pazzi (Giancarlo Giannini), que tiene la intención de cobrar por él una gran recompensa de un particular.

Las escenas que me interesan en la película de Ridley Scott son las que transcurren en Florencia. El estudio de Lecter, en el ático del palacio, está poblado de obras de arte y códices y un piano al que interpreta de memoria las Variaciones Goldberg de J. S. Bach. Luego, sobrevolando a la bella mujer de Pazzi (Francesca Neri) en una ópera al aire libre, suena el final del precioso Vide Cor Meum de Patrick Cassidy en las voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti, ellos mismos en escena. Esta aria, en italiano y latín, está inspirada en un soneto de Dante de La vita nuova.



Antes de deshacerse de Pazzi, Lecter le recuerda cómo fue ajusticiado aquel antepasado suyo que, junto con otros, atentó contra los Medici acabando con la vida de Giuliano e hiriendo a Lorenzo el Magnífico. Un final semejante le tiene preparado al Pazzi actual. 

La exquisitez y erudición impensables van unidas al crimen atroz en el personaje de Hannibal Lecter.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). 
Hannibal (Ridley Scott, 2001). Thomas Harris, Hannibal, Barcelona: Plaza&Janés, 1999, cap. 21, p. 162.

20 de abril de 2012

Hallada una sandalia de legionario romano

TREINTA y tantas tachuelas encontradas en una zanja en el Raval de Barcelona han servido para reconstruir la sandalia (la suela) de un legionario romano del siglo II. ¿No es increíble? Una humilde huella —nunca mejor dicho— de la antigua Roma en Barcino (Hispania) nos retrotrae a la vida militar de los soldados de a pie romanos, como con entusiasmo contagioso hace el periodista al elaborar esta noticia.



Este tipo de sandalias se llamaban caligae y las llevaban los soldados rasos y los centuriones. Germánico se las ponía a su hijo cuando le paseaba por el campamento entre los soldados; ellos fueron los que apodaron al niño Calígula, sobrenombre con el que la Historia identifica a quien llegó a ser uno de los emperadores más perturbados de Roma.
  
Las tachuelas, apretadas en la suela de la sandalia, permitían no sólo no resbalarse en la refriega, sino también machacar al enemigo a pisotones...

30 de marzo de 2012

Salvó la vida por saber latín

A finales del siglo XVI Londres tenía unos 200.000 habitantes y al menos seis teatros estables (la Fortuna, el Cisne, el Globo, la Rosa, la Cortina y el Teatro), algunos autores eran también actores (como Shakespeare, la figura que se convirtió en la más destacada de esa época y luego de la Literatura Universal) y no pocos actores eran también unos consumados espadachines. En el duelo en el que desembocó una riña, el dramaturgo Ben Jonson mató al empresario teatral Gabriel Spencer, pero este a su vez, dos años antes, ya había apuñalado y matado en una pelea a un tal James Feake...


Jonson fue encarcelado y, tiene gracia, sólo se libró de la horca gracias a saber latín. Se acogió a una ley medieval eclesiástica invocando en latín el llamado neck-verse (salmo 51 del Libro de los Salmos: 'Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam', «Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu misericordia»). La causa pasó de civil a religiosa, y fue así como el «bueno» de Benjamin salvó el cuello y la vida. 

James Shapiro, 1599. Un año en la vida de William Shakespeare, Madrid: Siruela, 2007, p. 32.  

24 de marzo de 2012

Sagrado latín

   

ESTOS son los textos que merecen ser coleccionados para componer una posible antología en defensa del latín: los de escritores y personajes que nada tienen que ver con el gremio de los latinistas. Y para encabezar esa colección, ningún texto mejor que el Sagrado latín de Juan Manuel de Prada

Me doy cuenta de que he escrito «defensa» en lugar de «alabanza», pero es que los tiempos están para defender, más que otra cosa, las lenguas y culturas clásicas. Antes se hacía a capa y espada en los despachos de los ministros socialistas pedagogizados o de los conservadores pusilánimes; ahora, habrá que volver a hacerlo ante la amenaza de los ultraliberales y los tecnócratas economicistas. En cualquier caso, siempre en peligro, como una especie no protegida a punto de extinguirse. 

Yo la vindicación o propaganda del latín la haré a mi manera —con cosas del pasado y del presente— en este blog, uno más entre los más de cuatrocientos sobre el tema que ya pululan por la Red.  

Para empezar, elogiando el artículo de De Prada. Me parece muy intenso, en su típico estilo grandilocuente (grandilocuente, pero preciso); un artículo lleno de nostalgia, emoción y gratitud. Una pequeña obra maestra del género del encomio.
        
SAGRADO LATÍN
Con legítimo orgullo, puedo decir que pertenezco a esa última generación de españoles que frecuentaron el latín en la escuela, antes de que un puñado de pedagogos o esbirros de la estupidez lo relegaran al desván de los cachivaches inservibles. Con legítimo orgullo, puedo asegurar que, sin el latín, yo jamás habría aprendido la minuciosa aritmética del idioma, esa melodía exacta e infalible que algunos llaman sintaxis, ese orden interior sin el cual la escritura sería un galimatías, una jerga sin leyes, sometida al capricho de los ignorantes. Con legítimo orgullo, puedo confesar que, si el latín no hubiese intervenido en mi adolescencia, jamás habría aprendido la vida íntima de las palabras, las conexiones sutiles que entablan, sus jerarquías secretas, su química indestructible, esa sagrada resonancia que las impregna, esa belleza trémula que las recorre y alimenta. Con legítimo orgullo, puedo afirmar que adquirí la música del idioma gracias al latín; luego, escuchando la verborrea de tantos políticos, he comprendido las razones que los impulsaron a desterrar el latín a un arrabal de olvido: no les convenía que ese fuego sagrado que habían dejado extinguir alumbrase a los demás. Tuve maestros que me infundieron el entusiasmo del latín y me contagiaron su arquitectura irreprochable. 

Tuve maestros que me ayudaron a escandir un hexámetro, a respetar las concordancias y distinguir un ablativo absoluto, estrategias que los zafios creen inservibles, pero a las que aún recurro, inconscientemente, cada vez que elaboro una frase. Tuve maestros que me iniciaron en la liturgia del latín y me descubrieron su herencia: ahora sé que nuestro idioma, esa argamasa dúctil que moldeo cada día al despertarme, no sería posible si no existiese un armazón previo que lo justificara, una relojería puntual que lo sostuviese. Por eso me sublevan quienes reducen al latín a la categoría de las reliquias, cuando su reino es –y seguirá siendo– el de la vida. 

Aún recuerdo el escrupuloso placer que me reportaba desentrañar una égloga de Virgilio, un discurso de Cicerón, un pasaje bélico de César; de repente, lo que a simple vista parecía una sopa de letras, adquiría esa claridad cegadora de las revelaciones, y uno se sentía capaz de seguir explorando el mundo, con el bagaje riquísimo de las declinaciones. Aún recuerdo aquel júbilo que me producía el hallazgo de un adjetivo solitario que concordaba con un sustantivo casi oculto, dos hexámetros más abajo. El latín tenía esa grandeza iniciática. El idioma surgía ante nosotros, incólume y sin embargo familiar, como una estatua de carne. Hoy contemplo con vergüenza esa labor destructiva que han emprendido algunos pedagogos, so pretexto de modernidad, hasta convertir esa estatua de carne en un montón de ruinas, y me pregunto: ¿Hasta cuándo la barbarie?                                            

                                        Juan Manuel de PRADA, ABC, 24-01-1997
                                       Reserva natural (1998), p. 173